Siddhartha (Hermann Hess)

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Cuando llegó al embarcadero, halló el bote listo y vio en él, de pie, al mismo barquero que una vez pasara al joven samana hasta la otra orilla. Siddartha lo reconoció; el hombre también había envejecido mucho.

- ¿Quieres pasarme al otro lado? - le preguntó.

El barquero, sorprendido al ver que un señor tan distinguido viajara solo y a pie, lo hizo subir a la barca y se alejó de la orilla.

- Has elegido una hermosa vida -dijo el viajero-.Ha de ser muy hermoso vivir junto a este río y recorrerlo.

El barquero se balanceó, sonriendo:

- Es muy bello, señor, exactamente como dices. Pero ¿acaso no es hermosa toda vida? ¿No tiene cada trabajo su propio encanto?

- Puede ser. Pero yo envidio el tuyo.

- Ah, temo que te cansaría muy pronto. No es un oficio para gente bien vestida.

Siddhartha se echó a reir.

- Es la segunda vez que escucho comentarios sobre mi indumentaria en este día, y comentarios que reflejan desconfianza. Barquero ¿no querrías aceptar estos vestidos que me resultan incómodos? Pues has de saber que no tengo dinero para pagarte.

- El señor bromea -repuso el barquero riendo.

- No estoy bromeando , amigo. Mira, ya una vez atravesé este río en tu barca, gracias a tu generosidad. Te ruego que vuelvas a demostrarla hoy día y aceptes mis vestidos en pago.

- ¿Y el señor piensa seguir viaje sin ropa?

- Pues la verdad es que preferiría no seguir viaje. Lo que más me gustaría, barquero, es que me dieras un delantal viejo y me aceptaras como tu ayudante o, mejor dicho, como tu aprendiz, pues primero tendría que aprender a conducir la barca.

El barquero contempló largo rato al forastero con aire indagador.

- Ahora te reconozco -dijo finalmente-. Una vez dormiste en mi cabaña, hace muchísimo tiempo, tal vez más de veinte años, y yo te lleve a la otra orilla y allí nos despedimos como buenos amigos. ¿No eras un samana? De tu nombre no logro acordarme.

- Me llamo Siddhartha, y era un samana la última vez que me viste.

- Bien venido seas, Siddhartha. Mi nombre es Vasudeva. Espero que también seas mi huésped hoy día, y duermas en mi cabaña y me cuentes de dónde vienes y por qué tus hermosos vestidos te resultan tan incómodos.