Rincón Literario de Gonzalo Montero

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Tuareg (Alberto Vázquez Figueroa)


Ningún día fue tan largo.

Ni tan caliente.

La sal le lanzaba los destellos del sol, multiplicando su fuerza, convirtiendo casi en inútil su minúsculo refugio, anonadándole y anonadando al mehari al que había amarrado las cuatro patas una vez que lo hubo arrodillado, aunque le dolía en el alma causarle un sufrimiento que no se merecía después de tanto años de conducirle a través de las arenas y los pedregales.

Rezó sus oraciones como entre sueños, y entre sueños dejó pasar las horas, inmóvil, sin ni siquiera el gesto de espantar una mosca, que no existían allí porque ni las moscas soportaban semejante infierno. Luchaba por convertirse en piedra olvidando su cuerpo y sus necesidades, consciente de que no quedaba ni una gota de agua en las gerbas y sintiendo cómo su piel se iba secando, con la impresión extraña de que la sangre se espesaba en sus venas fluyendo por ellas cada vez más despacio.

Pasado el mediodía perdió el conocimiento y permaneció apoyado en el cuerpo de la bestia, con la boca muy abierta, incapaz de aspirar un aire que se había vuelto casi denso y parecía negarse tercamente a bajar a sus pulmones.

Deliró, pero su seca garganta y su lengua amoratada no pudieron emitir sonido alguno. Luego, un estremecimiento del mehari y un lamento que nacía de las entrañas mismas de la pobre bestia le devolvieron a la vida y abrió los ojos, pero tuvo que cerrarlos de nuevo, vencido por el blanco fulgor de la salina.

Ningún día, ni aun aquel en que agonizó su primogénito escupiendo sangre y lanzando a la arena pedazos de pulmón, devorado por la tuberculosis, le pareción tan largo.

Ni tan caliente.

Luego llegó la noche. La tierra comenzó a enfriarse muy despacio,...

(Pág. 113)