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Aventuras de Arthur Gordon Pym (Edgar Allan Poe)

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Fragmentos: 

Aventuras de Arthur Gordon Pym -- Edgar Allan Poe

Los buques se ponen a la capa durante la tempestad de diferentes modos, según su construcción particular. Algunos se mantienen muy bien a la capa con una mesana, que según creo es la vela que se emplea más comúnmente. Los buques de gran porte tienen velas expresas que se llaman de estay; pero a veces se sirven del foque solamente, o del foque con la mesana, o de una mesana con dos rizos o de las velas de popa. El Grampus empleaba comúnmente una mesana con dos rizos.

Para ponerse a la capa, se dirige el buque de manera que el viento llene la vela al atravesar diagonalmente la embarcación. Hecho esto, la proa se encuentra dirigida a algunos grados de donde sopla el viento, y naturalmente recibe el choque de la marejada del lado del viento. En esta posición un buen buque puede soportar una gran tempestad sin hacer una gota de agua y sin que los tripulantes hayan de temerla mucho. Comúnmente se ata la barra; pero esto es completamente inútil, porque el timón no obra sobre un buque a la capa, y si la barra se ata es a causa del ruido molesto que produce cuando está libre, pues sólidamente atada, puede el ímpetu del mar llevarse el timón, si no tiene juego suficiente. Mientras dura la vela, un buque bien construido puede mantenerse en su posición y salvar todas las oleadas como si estuviese dotado de vida y de razón; empero si la fuerza del viento destrozase la vela, desgracia que generalmente sólo se debe a  un verdadero huracán, entonces se correría inminente peligro. El buque en este caso se inclina bajo el viento, y presentándose de lado al mar, se encuentra completamente a merced de las olas. El único recurso que hay entonces es huir viento en popa, hasta que se haya podido tender otra vela. Hay buques que se ponen a la capa sin vela alguna, pero tienen que temer mucho las oleadas.

Dando fin a esta disgresión y volviendo a la historia, diré que el piloto nunca había tenido costumbre de colocar vigías cuando el tiempo le obligaba a ponerse a la capa, y como entonces lo había colocado, esta circunstancia y la de haber desaparecido las hachas y los espeques nos daban a entender claramente que la tripulación estaba sobre aviso y que no la sorprenderíamos valiéndonos del medio sugerido por Peters.

Convenía, sin embargo, adoptar un plan sin pérdida de tiempo, porque era indudable que, habiendo Peters despertado sospechas, sería sacrificado en la primera ocasión, ocasión que seguramente se presentaría o que no dejarían de buscar.

 

(Pág. 181)