El plan infinito (Isabel Allende)

Comentarios Literarios de Héctor Javier

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¿Cuál es el sentido de la vida?

Es quizá la pregunta más abierta, incierta, y aterradoramente desestabilizadora que podamos formularnos. Una pregunta que según a quién esté dirigida, puede encontrar las más disímiles respuestas o no encontrar ninguna, pasar desapercibida o sembrar el para nada inocuo germen de la duda. Una interrogante que puede deprimir mucho, y lo ha hecho. Puede que sí, puede que no, y puede que a lo mejor, para no ser maniqueista.

Si tienes esa inquietud, o la has hecho tuya en este instante, tienes también un leit motif para buscar cuanto antes en una biblioteca, una librería, con tus amistades, o donde sea, El plan infinito de Isabel Allende [dicho sea de paso, si no conoces a la escritora chilena, considérate un(a) lector(a) incompleto(a)]. Este plan quizá no tenga la respuesta exacta, pero está dispuesto a compartir contigo la incertidumbre, los azares y los pormenores de la turbulenta existencia de William Gordon, bajo el seudónimo de Gregory Reeves. Gordon, por fortuna para los lectores y para suya propia también, conoce a Isabel Allende a finales de la década del 80, en la promoción de uno de sus libros. El destino los haría converger para convertirse en marido y mujer, y aún más, en confidentes. Tenían en común un pasado que sin llegar a ser errático, era una especie de camino bien irregular que fueron construyendo en su día a día, ¿y quién no? Al decir de Pablo Milanés, nadie sabe al día siguiente lo que hará.

Es entonces, El plan infinito, una crónica de la vida de Gregory Reeves, que no se queda en la cronológica exposición de eventos, sino que constantemente nos permite estar en el pensamiento de este ser, un privilegio desde la p hasta la o por la riqueza de su construcción psicológica.

La historia tiene como escenario principal a California desde aproximadamente el inicio del segundo cuarto del siglo XX hasta la década del 90 del mismo. Nuestro héroe la comenzará siendo apenas un párvulo, el único período en que Gregory se sintió seguro. La rabia empezó más tarde, cuando desapareció el padre y la realidad comenzó a deteriorarse de manera irreparable.

Dice Inmaculada Morales que yo era un niño alegre, lleno de fuerza y energía, con un tremendo gusto por la vida, pero no me recuerdo así, en el ghetto experimenté la desazón de ser diferente, no me integraba, deseaba ser como los otros, diluirme en la multitud, volverme invisible y así moverme tranquilo por las calles o jugar en el patio de la escuela, libre de las pandillas de muchachos morenos que descargaban en mí las agresiones que ellos mismos recibían de los blancos apenas asomaban las narices fuera de su barrio.

El recorrido incluye el establecimiento en el barrio latino, los estudios, la participación en la guerra de Vietnam, el trabajo de abogado, los amores efímeros y de turno en busca del amor ideal, sus matrimonios, sus hijos, su mal papel de padre, en fin, casi toda una vida. Ah, y me he saltado la época nómada, de cuando la familia no tenía morada fija y vivían de la cartomántica y la prédica de la Única Verdad del plan infinito.

El predicador [padre de Gregory] no contaminaba su labor espiritual con groseros propósitos comerciales, como era el caso de tantos charlatanes que en esa época recorrían el país aterrorizando a la gente con la ira de Dios para esquilmarla de sus escasos ahorros. Tampoco usaba el infame recurso de amedrentar a la audiencia hasta crear un clima de histeria, incitando a los participantes a expulsar al Maligno mediante espumarajos y revolcones, principalmente porque negaba la existencia de Satanás y esos escándalos le repugnaban. Cobraba un dólar por entrar a sus prédicas y otros dos por salir, porque en la puerta montaban guardia Nora y Olga con una pila de sus libros y nadie osaba pasar por delante sin adquirir un ejemplar. Tres dólares no era una suma exagerada, considerando los beneficios recibidos por los oyentes, que partían reconfortados en la certeza de que sus desgracias eran parte de un diseño divino, tal como sus almas eran partículas de la energía universal, no estaban desamparados, ni el cosmos era un negro espacio donde prevalecía el caos, existía un Gran Espíritu Unificador que le daba sentido a la existencia. Para preparar sus sermones, Reeves echaba mano de las briznas de información a su alcance, de su experiencia y su certera intuición, amén de las lecturas de su mujer y de sus propias indagaciones en la Biblia y en el Reader’s Digest.

Este pormenorizado acercamiento estará apoyado por el cambio de planos narrativos desde una tercera persona, hasta un monólogo e incluso un diálogo con alguien que está presente pero no habla (algo atípico), pues aunque poco frecuente, en ocasiones, la propia escritora en el pellejo de su compañero, habla con ella misma, produciendo un efecto un tanto inefable, de modo que sólo lo disfrutará quién lo lea, pues no me atrevo a describirlo.

Los diálogos como tal, como forma elocutiva, tienen la propiedad de ser temporalmente indefinidos o inmarcesibles en el tiempo, un recurso para fundir sin confundir dos momentos o dos escenas estrechamente relacionadas.

De los monólogos específicamente resalta el que inicia la tercera parte, una reflexión hasta el tuétano sobre la guerra y la suspicacia que genera, las máquinas de matar gente que se hacen llamar soldados y otras cuestiones similares. En lo personal, el mejor monólogo que he leído hasta el sol de hoy.

La peor perversión, lo más obsceno de la guerra, es que a uno le parece normal.

De la mano de la vida de este hombre nos llegan efímeros pero eficaces pies para la invitar a la reflexión sobre:

-Esta carta dice claramente que estarás metido con la Ley.

-¿No dice si voy a ser rico? Pero llegaré a ser alguien importante, ¿verdad?

-En la vida no se llega a ninguna parte, Gregory. Se vive no más.

Finalmente quiero agradecer a Carmen Rodríguez, la madre de un gran amigo, por haberme recomendado este libro, que inconscientemente me estaba haciendo mucha falta. Ella lo disfrutó mucho, a pesar de que la deprimió. Yo lo disfruté muchísimo, porque me hizo sentirme más común, y por supuesto, por ser testigo de una materialización más del arte de Isabel Allende.

Esa es, amigos, la magia de los libros, que no despierta en todos nosotros las mismas sensaciones, y que nos permite hacer nuestra interpretación sin que sea más o menos válida, sino sencillamente, en que sea nuestra.

  

El plan infinito: algunas extracciones.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto…

Violeta Parra, Chile

Exergo con que comienza la novela.

 

Charles Reeves, Doctor en Ciencias Divinas, como él mismo se presentaba, había descubierto el significado de la vida en una revelación mística.

¡Afortunado él!

Echo de menos el idealismo de la juventud, la época en que todavía existía para mí una nítida línea divisoria entre el bien y el mal y creía que es posible actuar siempre de acuerdo a principios inamovibles.

El fracaso y el éxito no existen, Greg, son inventos de los gringos. Se vive no más, lo mejor posible, un poquito cada día, es como un viaje sin meta, lo que cuenta es el camino.

No gana quien tiene la razón, sino quien pelea mejor.

Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos.

América la tierra de los libres y el hogar de los bravos.

Gregory jamás se conformó con esas premisas y en los treinta años siguientes, persiguió sin tregua la quimera del amor perfecto, tropezando incontables veces, cayendo y volviendo a levantarse, en una interminable carrera de obstáculos, hasta que renunció a la búsqueda y aprendió a vivir en soledad. Y entonces, por una de esas irónicas sorpresas de la existencia, encontró el amor cuando ya no pensaba hallarlo. Pero ésa es otra historia.

El sueño americano no alcanzaba para todos.

Partí a Vietnam acariciando la secreta fantasía de morir para no tener que enfrentar los trabajos y las pesadumbres de la existencia. Pero morir es mucho más difícil que seguir viviendo.

¿Sabes que en ese lugar salvaje supe de ti? Carmen me había regalado tu segunda novela y la leí durante esas vacaciones, sin imaginar que llegaría a conocerte y que te haría esta larga confesión.

Mira cuánto he andado para llegar hasta aquí y comprobar que no hay un plan infinito, sólo la pelotera de la vida.

Lo demás ya lo conoces porque lo hemos vivido juntos. La noche que nos conocimos me pediste que te contara mi vida. Es larga, te advertí. No importa, tengo mucho tiempo, dijiste, sin saber el lío en que te metías con este plan infinito.


Héctor Javier Pijeira hjpijeira@yahoo.com