El nombre de la rosa (Umberto Eco) -- Comentario Literario de Héctor Javier
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Por allá por la época de la caduca Edad Media, hacia el año 1327, cuando el emperador Ludovico de Baviera entró en Italia para restaurar la dignidad del sacro imperio romano, un novicio que firma como Adso de Melk, apellidado a la usanza de la época con el nombre de su ciudad natal, quién sabe con cuánto de imaginación y qué por ciento de fidelidad a los acontecimientos, redactó un manuscrito inspirado en seis revolucionarios días que compartió con su maestro, el franciscano Guillermo de Baskerville, en alguna abadía italiana sin comprometer el nombre ni la ubicación de la misma. El arcano códice permanecería en el anonimato hasta que fascinara a un profesor de Semiótica de la Universidad de Bolonia (la más antigua universidad del mundo que perdura en nuestros días) con importantes trabajos publicados referidos a la interpretación de signáculos. Según confesara en otras palabras el también escritor, el valioso testimonio de un amanuense llegó a sus manos y se escurrió de ellas, no sin antes darle tiempo suficiente para anotar los detalles imprescindibles que luego devendrían los veintitrés pares de cromosomas de un nuevo ser cuyo nombre de pila fue Il nome della rosa. Y cuando digo nombre de pila no quiere decir que haya cambiado, sino que ha sido traducido a tantas lenguas (por suerte para la humanidad) y su alcance ha sido tal que ha perdido por mucho la nacionalidad italiana.
La misteriosa muerte de un joven monje es el leit motif para que el sagaz y sabio Gillermo de Baskerville, perteneciente a la orden franciscana, se traslade con su discípulo y asistente personal a la ciudad de Dios (entiéndase abadía) encargado del esclarecimiento del suceso. Objetivo primordial: el prestigio de la sede religiosa. Como es lógico y aplicable además a la vida toda, la resolución está muy lejos de ser lo sencilla que pudiera parecer, incluso cuando se simplifican los personajes a la manera de la Reina del Crimen en su clásico Los Diez Negritos.
Nuestro protagonista es un ex-inquisidor conciente de la asquerosa e hipócrita política de la mal llamada Santa Inquisición. También un inquisidor puede obrar instigado por el diablo. El autor lo presenta como hombre de elevada virtud en todo y para todo, que sabía leer en el gran libro de la naturaleza y ferviente admirador de Roger Bacon. Por lo que indirectamente destaparemos las ideas de quien fuera un revolucionario científico y filósofo inglés mediante el discurso de Gillermo. No en balde se reconoce el valor filosófico de El nombre de la rosa.
Las formas elocutivas se funden y cristalizan en lo que los químicos llamarían una aleación (salvando la presencia del metal), es decir, una mezcla homogénea de sustancias (narración, descripción, diálogo y exposición) con el fin de mejorar propiedad(es) para un determinado propósito (contar la historia con un alto nivel literario). La descripción entrega una invitación nada desdeñable al conocimiento de la arquitectura y el entorno de la Edad Media, a la par de la atmósfera de cada paraje. Asimismo puede disfrazarse de imagen metafórica para presentarnos la variedad física y psicológica que no pueden faltar en un ambiente donde se sabe mora un asesino o un grupo de ellos.
Loable el uso de la palabra precisa (que provoca una inenarrable sensación en el lector) y el empleo de una especie de ironía cuya incipiencia y perspicacia le otorgan sutileza y picardía a la cláusula respectivamente.
La propia escena del relato da pie a muchas y valiosas reflexiones religiosas muy a tono con los momentos que se vivían, y que asombrosamente más de seis siglos después conservan absoluta vigencia de forma general.
Se sostiene una disputa entre los
partidarios de la regla franciscana (italianos) y sus críticos (franceses)
presidida por el Abad y el cardenal (enviado del papa), que terminó en la pérdida
de los buenos modales al no divisarse el más ínfimo rasgo de flexibilidad
entre las partes. San Francisco predicó un amor a la pobreza que no contradecía
los preceptos de la iglesia. Los franciscanos sostenían
que Cristo y los apóstoles no habían tenido propiedad alguna, ni individual ni
común y el papa condenó esta idea como herética. Lo que no deja de ser
asombroso, porque ¿cómo puede un papa considerar perversa la idea de que
Cristo fue pobre?
Si
alguien desea conservar limpio un lugar, lo que hace en este país [Italia]
para evitar que lo meen, [...] es
grabar con el buril a cierta altura una imagen de San Antonio, y eso bastaría
para alejar a los que quieran mear en dicho sitio [...]
ya no creen en la resurrección de la carne [los italianos],
sólo tienen miedo a las heridas corporales y a las desgracias, y por eso temen
más a San Antonio que a Cristo.
Nunca
como hoy se ha insistido en excitar la fe de los simples describiéndoles las
penas del infierno.
¿Qué
seríamos nosotros sin el miedo, tal vez el más propicio y afectuoso de
los dones divinos?
Leyendo sobre el advenimiento del
Anticristo, esperado desde tiempos tan jóvenes, nos damos cuenta que todo
tiempo ha tenido su Anticristo y tiempos apocalípticos, porque el mundo siempre
ha sido el mismo, en ninguna época ha estado más descompuesto que en otras
sino que la depravación continuamente ha reinado. Desde
que tiene uso de razón el hombre espera un mundo mejor.
...que
los sacerdotes mentirán y los monjes desearán las cosas del mundo está
recogido en el Apocalipsis...
El pecado, la penitencia y el resquebrajamiento de una moral otrora férrea e incongruente siempre no están ausentes, porque por encima de todo los monjes son hombres que padecen todo tipo de pasiones humanas abstractas y concretas como las tentaciones de la carne: me pregunté cómo podía curar del mal de amor un joven monje. ¿No había manera de que se salvara?
El saber, es por todos conocido, sufrió un estancamiento durante el Medioevo. Su muro, de tipo artificial sin lugar a dudas, estuvo a cargo de la Iglesia y sus instituciones, que egocéntricamente se autoreservaron el derecho de encerrarlo en sus bibliotecas. Incluso los propios siervos de la Iglesia (entiéndase monjes) no tenían acceso a todos los manuscritos, sino sólo a aquellos que estuviera probado no ejercieran una mala influencia sobre su lector (léase que no inculcaran ideas contrarias a las conveniencias eclesiásticas para preservar su hegemonía y su poder intactos). No obstante, merece salvar el papel de los copistas que en ese marco contribuyeron a multiplicar los ejemplares, aunque fuera para el intercambio con instituciones similares. En el mejor de los casos se ha llamado a aquella Iglesia guardiana de la verdad, yo usaría otros calificativos.
A pesar de los pesares, y el libro da fe de ello, nunca faltó quien tuviera ideas que hoy denominaríamos ética científica, o sea, el uso que se debe hacer del conocimiento de la ciencia en aras del desarrollo de la humanidad y nunca en perjuicio de la misma, que el conocimiento científico no debe ser propiedad de unos pocos sino de todos. Guillermo citaría a Bacon: una de las metas de las ciencias es prolongar la vida humana.
Así tenemos que el padre herbolario ha establecido un catálogo de las plantas que cultiva en su huerto y basado en observaciones empíricas ha interpretado las propiedades tanto curativas como tóxicas, en dependencia. El límite entre el veneno y la medicina es bastante tenue (interprétese: un medicamento en altas dosis puede matar).
La extensión social extralimita la aislada abadía cuando mira allende su frontera. Hay un régimen insolvente y el caballero que domina nuestro mundo actual comienza a abrirse paso. Hoy en este país el rebaño no se domina con las armas ni con el esplendor de los ritos, sino con el control del dinero.
Si un matemático que conozca el
libro leyera este comentario me señalaría con mucha razón que me fui por la
tangente. He enfatizado cuestiones en paralelo que me parecieron interesantes,
otras que no lo son menos por cuestión de extensión las he dejado para el
encuentro personal de cada cual con el texto. Lo cierto es que esta reliquia
editorial es una novela policiaca y respondiendo a su género, se mueve detrás
de un o unos responsables. Garantizo exquisita intriga y fino misterio. Todo
parece indicar que el asesino se rige por las trompetas del Apocalipsis. Buen
investigador al fin, la receta de Gillermo es la desconfianza de todos y de
todo. Su hipótesis: se han cometido una
serie de crímenes para impedir que muchas personas descubriesen algo que no se
deseaba que se descubriera. Sus pistas: fantasmagorías y supersticiones,
alucinógenos efectivos capaces de sacar a la luz los temores de cada ser. Sus
recursos: la ironía, la sugerencia, la habilidad psicológica, la intuición y
la sabiduría. Su conclusión: He
perseguido un simulacro de orden cuando debía saber muy bien que no existe
orden en el universo.
Umberto Eco, aquel profesor de semiótica que transformó el manuscrito en un best-seller fue distinguido en el último año del siglo pasado, con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. La novela que le daría fama y prestigio mundial se adaptó para el cine seis años después de salir al mercado por el francés Jean-Jacques Annaud, quien recibiera el Oscar a la mejor producción extranjera en 1976 por su primer largometraje Blanco y negro en color. No he tenido el placer de disfrutar la versión cinematográfica, muy buena según he escuchado.
En la madrugada del 5 de diciembre de 2004 cerré el libro tras haber concluido su lectura, todavía preguntándome cómo se llamaba la rosa.
El nombre de la
rosa: algunas extracciones
Demos gracias a Dios
que en aquella época mi maestro supiera infundirme el deseo de aprender y el
sentido de la recta vía que no se pierde por tortuoso que sea el sendero.
La conquista del saber
pasa por el conocimiento de las lenguas
no todas las verdades
son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como
tales por cualquier alma
Sólo puede amarse lo
que se ha comprendido que es bueno
Nada hay más fugaz que
la forma exterior
Boecio
Héctor Javier Pijeira (Envía tus opiniones a Héctor Javier)