La casa de los espíritus (Isabel Allende) - Comentario Literario de Héctor Javier

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Comentarios Literarios de Héctor Javier

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Prologando su novela El reino de este mundo (1949) el escritor cubano Alejo Carpentier se autointerrogaba y autorrespondía: ¿Qué es la historia de América Latina sino una crónica de lo maravilloso en lo real? Rubricaba así con su pluma una filosofía que vaticinó el nacimiento de un movimiento literario muy latinoamericano, y que hoy se conoce como realismo mágico. Movimiento que para entender, es más viable palparlo en las obras que le dan cuerpo, que buscar caracterizaciones aisladas.

Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, obra cumbre de esta forma de hacer literatura, recuerdo que marcó un antes y un después en mi vida de lector. A mi modesto juicio una de las más completas obras del arte de las palabras y mi libro favorito. Quizá sea por ello que me resultó muy placentera la lectura de La casa de los espíritus de la chilena Isabel Allende, por los muchos puntos que tienen en común, al ser esta última, por antonomasia, una obra del realismo mágico.

La casa… se compone, digamos, de pequeñas y frecuentes revoluciones que recuerdan un poco al emblemático filme de Victor Fleming, Lo que el viento se llevó. Cambios que corresponden al tiempo que transcurre durante tres generaciones, cada una con sus propias características. La historia, tradicional víctima de transformaciones políticas, económicas y sociales, evolucionará junto con los personajes como uno de ellos, o aún mejor, los hará evolucionar en un mundo que comparte lo fantasmal y lo carnal.

 

-Usted ha cambiado mucho mamá- observó Blanca.

-No soy yo, hija. Es el mundo que ha cambiado –respondió Clara.

 

La saga traza, en su desarrollo, un cuidadoso retrato del panorama latinoamericano de mediados del siglo XX, que nace en la presentación de un clero que predica la fe sobre la base del temor a Dios por encima de la fe por convicción y amor a Dios, y desemboca en un asfixiante clima político de dictadura tras el Golpe de Estado, pasando por enfermedades epidémicas, catástrofes naturales, ideas progresistas tales como la tierra para el que la trabaja, etc. Sin obviar el tratamiento singular que reciben los adelantos de la ciencia y la técnica que arriban al nuevo continente: el teléfono como medio de comunicación un tanto místico, el cura contra el automóvil, y sobre el radio…

 

[Esteban Trueba] encargó a la capital una radio transoceánica provista de dos enormes baterías. Con ella podía captar algunos mensajes coherentes, en medio de un ensordecedor barullo de sonidos de ultramar. Así se enteró de la guerra de Europa y siguió los avances de las tropas en un mapa que colgó en el pizarrón de la escuela y que iba marcando con alfileres. Los campesinos lo observaban estupefactos, sin comprender ni remotamente el propósito de clavar un alfiler en el color azul y al día siguiente correrlo al color verde. No podían imaginar el mundo del tamaño de un papel suspendido en el pizarrón, ni a los ejércitos reducidos a la cabeza de un alfiler. En realidad, la guerra, los inventos de la ciencia, el progreso de la industria, el precio del oro y las extravagancias de la moda, los tenían sin cuidado. Eran cuentos de hadas que en nada modificaban la estrechez de su existencia. Para aquel impávido auditorio, las noticias de la radio eran lejanas y ajenas y el aparato se desprestigió rápidamente cuando fue evidente que no podía pronosticar el estado del tiempo.

 

Isabel Allende dispone literalmente del tiempo como un objeto que puede cambiar fácilmente de lugar, sin que se pierda la estética y el sentido de la decoración. Así, separados por fronteras ininteligibles, convergen en la historia pasado, presente y futuro, otorgando una cadencia perfecta al desenvolvimiento de la acción, algo que Carlos Marx llamaría concatenación universal, y que se puede interpretar como que todo lo que sucede, tiene una causa y un efecto.

El plano narrativo cambia regularmente, con arte magistral, de una narradora omnisciente (tercera persona) a un monólogo del personaje masculino que funge como eje: Esteban Trueba (primera persona). Este recurso permite enriquecer el trazado del sistema de personajes y su caracterización; a la vez posibilita comprender que por muy ruda que parezca una persona, siempre necesita el amor, y los rasgos de su personalidad se deben hurgar en el pasado.

 

Los recuerdos que tenía de mi niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago.

 

Una vez me preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche, por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente.

 

En las postrimerías del libro, en un proceder decantador como aquel del clásico de Agatha Christie Los diez negritos, quitándole lo criminal, por supuesto, mueren los cuatro baluartes de la primera generación: la Nana al servicio de la familia, Pedro García, al frente de la hacienda, Clara clarividente y Esteban Trueba, de quien ya conocimos algo. Qué representa este fenómeno lo dejo a su propia imaginación.

No se sorprenda si de pronto encuentra una guía de estrategias de marketing y profesionalismo en la industria de los servicios, nada más y nada menos que en el Cristóbal Colón, “un burdel diseñado para su confort”.

La novela fue llevada al cine por el director danés Bille August, con interpretaciones de los consagrados Meryl Streep y Jeremy Irons, y otros más jóvenes y no por eso menos conocidos, como Winona Ryder y el español Antonio Banderas.

En los tiempos de los espíritus usted podía escuchar cosas como: Hágame el favor, señor, métase allí y páseme una cabeza de señora que va a encontrar; pero no se asuste, no es esta una obra de terror, sino de amor por encima de todo, amor desde el más frívolo y rutinario, hasta el más osado y romántico, cada uno a tono con su época. Un canto a lo diferente, personajes aparentemente sobrenaturales pero tan humanos y falibles como usted o yo, y en cuya piel, más de una vez, nos hallaremos identificados. De raro, todos tenemos algo.

La historia de la gran casa de la esquina tiene un final que me hizo sonreír, y no precisamente por risible, sino por auténtico. El descubrirlo es cosa suya, como lo es la sensación que le provoque. Por mi parte, me despido con un fragmento, que simboliza y sintetiza, si eso pudiera ser posible, la magia de La casa de los espíritus:

 

Clara pasó la infancia y entró en la juventud dentro de las paredes de su casa, en un mundo de historias asombrosas, de silencios tranquilos, donde el tiempo no se marcaba con relojes ni calendarios y donde los objetos tenían vida propia, los aparecidos se sentaban en la mesa y hablaban con los humanos, el pasado y el futuro eran parte de la misma cosa y la realidad del presente era un caleidoscopio de espejos desordenados donde todo podía ocurrir. Es una delicia, para mí, leer los cuadernos de esa época, donde se describe un mundo mágico que se acabó. Clara habitaba un universo inventado para ella, protegida de las inclemencias de la vida, donde se confundían la verdad prosaica de las cosas materiales con la verdad tumultuosa de los sueños, donde no siempre funcionaban las leyes de la física o la lógica. Clara vivió ese período ocupada en sus fantasías, acompañada por los espíritus del aire, del agua y de la tierra, tan feliz, que no sintió la necesidad de hablar en nueve años. Todos habían perdido la esperanza de volver a oírle la voz, cuando el día de su cumpleaños, después que sopló las diecinueve velas de su pastel de chocolate, estrenó una voz que había estado guardada durante todo aquel tiempo y que tenía resonancia de instrumento desafinado.


Héctor Javier Pijeira (Manda tus opiniones a Héctor Javier)