Las Bestias no hablan (Comentario Literario de Armín Alfonso Soler)

 

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Comentarios Literarios de Héctor Javier

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Hace media hora que sus ojos se habían cerrado. Dos gruesas gotas de sangre transparente se habían visto rodar por las mejillas corrugadas de una señora que tiempo después hube de convenir que era su madre. Tres tipos altos vestidos de camuflaje lo habían metido a empujones dentro de una camioneta sellada de lona.

Ya recobraba el conocimiento. Lo último que recordaba eran las lágrimas de su madre, firme ante su partida, y el garrotazo recibido en la nuca al tratar de escabullirse. Fue capturado por su única debilidad: no poder dejar de visitar a su familia. Quiso incorporarse; pero el dolor de su cuerpo maltratado lo hizo retorcerse. Su imagen, toda, era una mueca de calamidad: las ropas hechas jirones, la piel rasgada en extremo. Ni el más mínimo agujero permitía la entrada de luz; solo el resplandor que entraba por un cristal pintado que comunicaba con la cabina le permitía hacerse una idea del lugar donde lo aprisionaban. Del exterior lo único que sabía era que el camino estaba lleno de baches, por los tumbos que daba el vehículo. Logra ponerse de pie después de algunos intentos pero cae nuevamente al detenerse el transporte. Ya no podrá tratar de recobrar el equilibrio perdido: sus rodillas se lastimaron mucho con esta última caída.

Intenta mirar a través del cristal pintado. No logra distinguir nada. A su pensar no lo recordaban. En realidad no le hubiese interesado que lo recordasen de no haber sido porque una tripa majadera andaba reclamando que le vaciaran algo que digerir y algún que otro trago de aguardiente. Hizo a su cabeza golpear varias veces el cristal. Un sordo silencio respondió a su llamado. Recostó la espalda al frío metal del piso y rememoró los  acontecimientos de los últimos tiempos:

Yacía en el campo de batalla, fusil en mano, su mirada puesta en el enemigo y su corazón dando más golpes que un tambor en medio de una danza vudú. Su vida dependía de los treinta proyectiles contenidos en el último cargador de su fusil, el cual lleno de lodo y pequeños trozos de hierba que se habían incrustado a su suciedad en las contiendas ya ganadas, seguía respondiéndole con el mismo tono de relámpago. La aviación enemiga debería aparecer en cualquier momento para ayudar a destruir la resistencia en la pequeña aldea designada a su tropa para defenderla. No pudo evitar el estremecimiento al pensar en… aquel niño. No lo conocía, no sabía de dónde salió; un aldeano quizás, un chichiricú que le arrebató una mina de las manos al ingeniero y se escurrió en un sigilo hasta el blindado, único objetivo que no podía s er batido a golpe de fusil. En una tronera entre las piedras dejó la pesada carga explosiva y su vida. «Otro héroe para mi tierra – pensó–. Un inocente.» Su rostro se puso duro; perfectamente esculpida una arteria hinchada le atravesaba la frente y le daba una expresión de marcado reproche.

Pensaba en tantos camaradas muertos enfrentando a los que trataban de apoderarse de su Patria que poseía el aroma natural y fresco de las praderas aun después de encontrarse despotricada por la guerra. Pensaba en el enemigo, blancos de bolsillos verdes que tantas vidas humanas habían arrancado al destino de los espíritus patronos. Bien decía que su tierra sí era de hombres y no debía ser devorada por las hienas extranjeras, y para cada garra del águila tenía una espina.

De repente fueron interrumpidos sus recuerdos que marcaron una experiencia horrorosa pero una epopeya en su vida. Voces que provenían de las afueras hicieron que nuevamente sintiera la frialdad del piso de lata de la camioneta y se volviera a ver en las penumbras de aquella situación, que no comprendía bien por qué forma tan poco honorable había llegado a ella después de haber salido incólume de los peores combates.

– ¿Matarlo dice usted, Capitán?–, le dijo  un sargento de rango instructor al superior al mando. Sus ojos mostraban una expresión de asombro.

–Te he ordenado que lo mates. – Reafirmó el canoso capitán en cuyo semblante de infantería poseía tres medallas, dos barras y un distintivo que lo acreditaba con grandes honores. Sus palabras denotaban la crueldad con la que solían tratarse a los prisioneros de guerra, sin más miramientos. Otras cualidades negativas de su carácter fueron, quizás, producto de la exaltación del cargo que le habían provocado los distintivos que de reciente adornaban su uniforme.

Lleno de temor por la posible reacción de su superior y con la expresión de humildad mejor lograda se atrevió a sugerir el sargento:

– ¿Por qué no espera usted, Capitán, a que lleguemos al campamento? Quizás podamos sacarle información valiosa.

Después de unos minutos de reflexión le hizo el Capitán una mueca como quien no desea perder su orgullo al retirar una orden; pero tuvo entonces que reconocer que era aquella una delicada situación. No tenía preso a un simple negro, aunque era común y corriente como todos los que había tenido en su punto de mira y que ya formaban parte del suelo. Era el rebuscado Halan Saair; antes, hombre sencillo, padre de una numerosa familia que se ganaba la vida con el valor de sus sudores derramados en la labranza de la tierra; pero que había cambiado su machete y su azadón por fusiles y pecheras de infantería en los tiempos de la ocupación. Saair era un negro de dimensiones engrandecidas ante los ojos de sus compañeros y adversarios por el heroísmo y tesón demostrado en el campo de operaciones.

Bien poco le hubiera importado al Capitán perder la información por tal de no retractarse de su mandato ante un simple sargento jefe de una escuadra de infantería mecanizada; pero sabía que la idea de matar a aquel maldito negro era, cuando menos, un atrevimiento. Todos sus atributos y medallas no lo salvarían de la ira de sus superiores al ver caer al alfil más importante del tablero enemigo sin hacer que cayese con él su rey u otro peje de igual tamaño.

Retorció entre sus manoplas, hechas de tanto dar mandarria a las esteras de los tanques en la época de soldado, un cabo de cigarro que se había consumido sin apenas probarlo.

–Está bien–, balbuceó; y lanzó una mirada escudriñadora a los ojos del subordinado. Jamás toleraba a un inferior recordarle que él no era el todo del ejército y que también debía acatar órdenes; y eso, precisamente eso se había encargado de hacer aquel desdichado que apenas tenía figura de novicio en la guerra. –Usted mismo se encargará de que no escape. Procure, fíjese como le digo, que no caigamos en ninguna emboscada y lo perdamos porque me quito los grados que tengo si no lo hago atar de rodillas y con el culo lleno de almíbar para que se lo coman vivo las bibijaguas del monte

Acechando detrás de la lona que hacía las veces de balaustres de prisión, no pudo el cautivo evitar que le corrieran por la frente dos gruesas gotas de sudor helado. La conversación entre sus carceleros le hizo exhalar un suspiro, pero su rostro carecía de emoción. No sabría decir si  respiraba de alivio por poder vivir para  intentar escapar de aquel improvisado transporte de prisioneros cuya “única” seguridad era una escolta de una escuadra completa de nueve hombres, además el capitán al frente; o si se lamentaba por ser conducido ante un alto mando enemigo que se sabía de métodos comparables a los de la GESTAPO alemana.

Fuera cual fuese su pensamiento ya estaba predeterminado en su conciencia no hablar ni media palabra que no haya sido para dar gracias a su Obbatalá protector por salvarlo del peligro, como siempre; o para endilgarle al Dios de los blancos los más crudos reproches por los crímenes que cometían sus hijos contra una raza noble.

Era la hora en que el disco dorado se opacaba en el horizonte. La llanura se dibujaba con matices resplandecientes. Solo se oía en aquel pedregoso camino el estruendo hueco del vehículo antaño que después de la breve acampada proseguía su curso seguido del jeep militar. Saair daba tumbos completamente fatigado y con las rodillas deshechas de tratar de equilibrarse. Rumiaba su impotencia al no poder hacer nada, pues sus valiosas manos yacían atadas cual se amarra a una  bestia ante el temor de ser devorado por ésta.

Un gran cráter (producto seguro de alguna mina explotada en algún combate o algún misil “equivocado” de los muchos que caían en zonas aledañas a las aldeas y áreas urbanas) hizo ladearse el carro. La masa corpórea del negro rodó y fue a dar contra el vidrio de la cabina golpeándose espantosamente la cabeza. Quedó nuevamente inconsciente. Fue como obra divina que no presenciara el trato que le daban mientras lo transportaban completamente desplomado; primero, cuando lo introdujeron en la camioneta y ahora cuando, despojándolo de sus vestiduras, lo encerraban en un cuartucho de dos por tres metros de ancho.

Al amanecer, molestados sus ojos hinchados por la luz  que se colaba por las hendijas del techo, dio un intrépido movimiento y abrió de un tirón los párpados. El impacto moral fue grande cuando se vio desnudo, tirado en el suelo y atado de “patas” y manos. No hizo el menor esfuerzo por ponerse de pie, tan solo dejo caer sobre su sudoriento rostro lágrimas de dolor. Todo aquello era insoportable, era preciso ser una divinidad del monte tallada en ébano que tal vez…

Tampoco realizó un mínimo movimiento cuando vio parado ante sí al que había retrasado su sentencia. «Más golpes», se dijo.

–Tráeme una vasija con agua y un paño limpio – le dijo aquél a un soldado que lo acompañaba y que en un momento se apareció con el pedido.

«Es inusual encontrar piedad en uno de estos hijos de… ¿Qué será lo que quiere el muy cabrón? No va a sacarme ni medio ji», pensaba Saair.

Harta conocida era la crueldad de los oficiales invasores (éste era solo sargento); máxime en los de rango instructor. Sin embargo el que aquí actúa ya había sobrepasado todos los límites. Se encontraba de rodillas ante el cadáver con vida,  las mangas de su uniforme recogidas y metido el pañuelo personal en la vasija con agua. Limpiaba la armazón de carne maciza  como el roble de aquel ser que lo agradecía con profundos suspiros. Luego le secaba con paños secos.

Juan Morales tenía 23 años de edad. Era de esos jóvenes cuya familia se había exiliado en busca de mejoras económicas que nunca vieron llegar; probablemente de origen latino. Su extraordinaria pasión por las armas podría asignarse a la educación que recibió de su padre (que peleó no importa dónde), pues su madre murió al darlo a luz. «Estrechez de útero. Mucho sangramiento», había dicho el mediquejo clandestino que quiso atenderla por lo poco que podían pagarle y que, imposibilitado de hacer una cesárea, no pudo más que salvar al nene y dejarle al viejo Morales una razón por la cual seguir viviendo sin su amada esposa. En el ejército vio el joven la posibilidad de mejora para su economía familiar. «A fin de cuentas, no tenemos peligro de agresión. Estamos en un país poderoso», así creía. Mal calculó; justo a punto de licenciarse por cumplimiento del plazo jurado fue designado para ir a  combatir al extranjero. Dicho así suena hasta noble, le repugnaba pensar lo que en realidad era: invadir al extranjero. Su ánimo y disposición no lo acompañaban, menos después de saber que su padre se encontraba en cama padeciendo de una terrible enfermedad. Que, por cierto, no había sabido nada más de su estado desde que partió su vuelo, repleto de latinos y otros ciudadanos no nativos que nutrían las filas del Ejercito Invasor.

No crea el amigo lector que se trata ni mucho menos de un arcángel apocalíptico. Ser una fiera en el combate le había hecho merecer  el respeto de sus subordinados y poco más que una consideración indiferente de sus superiores; de quienes podría decirse que ocupaban el tiempo en tratar de lograr una victoria urgente, más bien por la prisa de marcharse  rápido sin las manos vacías que por acabar a un enemigo inferior en técnica y armamento; pero que defendía su terruño a brazo partido.

– ¿Es usted de esta tierra?

La pregunta, aunque lo parezca, no era del todo absurda si se tiene en cuenta que otros pueblos habían tendido su mano amiga contra la ocupación; pero en el caso de Saair era difícil no reconocer en el brillo oscuro de su piel, los rasgos salvajes de su cara, la nariz eminentemente robusta y los dos faroles de fuego que le servían de ojos algo que lo distanciara de estos parajes. Manos curtidas de rasgar el suelo con simples enseres  rústicos y los pies callosos por la costumbre de no usar zapatos eran signos ineludibles de su hacer cotidiano. Lo cierto es que la pregunta rompía aquel hermético silencio que absorbía la situación. De cualquier forma no obtuvo respuesta. Prefirió entonces el sargento permanecer callado también; evadiendo, quizás, un tema del que tarde o temprano se hablaría al reo y que no debía s er él quien lo dejara caer como garrotazo en la nuca del negro; primero, porque no sentía placer haciéndolo; segundo, porque los que sí lo sentirían no hubieran perdonado jamás tal imprudencia. Ya sabía que tenía alguien de quien preocuparse cierto capitán y no le interesaba ganarse más enemigos.

Al fin irrumpió en la recámara un oficial de alto rango, era coronel de la aviación, y miró con cierta repugnancia los paños ensangrentados con que limpiaban al prisionero. No era que le asqueara la sangre o la masacre que se había cometido contra el formidable cuerpo hercúleo: le asqueaba ver sucias las manos de un subordinado tratando, no de matar, sino de aliviar un poco los pesares de un enemigo. Una mirada bastó para hacerle comprender al sargento el desagrado que sentía al verlo de rodillas frente a aquel «animal» magullado de tanto golpe. El aludido se puso de pie y se marchó, no sin antes hacer la matemática reverencia que le habían enseñado en la academia que debía rendírsele a un superior en forma de cortesía.

Usted es Halan Saair. Tronó la voz del mofletudo y regordete oficial. Con absoluto silencio fue acogida su acusación. ¿Sabe usted algo del llamado Príncipe de las Praderas? No quería perder tiempo el interrogador; no había algo que le molestara más; por eso la pregunta se hizo sin rodeos.

Debe ser preciso aclarar que el llamado Príncipe de las Praderas era el alma de la insurrección y muy pocos sabían quien era; aunque se corría la voz de que peleaba como soldado raso en algún escuadrón. Quizás ese fuera el misterioso secreto del amor que se profesaban unos a otros en las tropas antiocupacionistas más que la causa común , la clave perfecta para que se cuidaran como a sí mismos los compañeros.

No hizo el negro ni medio intento de abrir su boca; un resoplido de búfalo salió por su nariz ensanchada y sangrante. Con insultante tono de amenaza fue esgrimido en su contra medio metro de un  madero que se arrancó creo a la pata de una silla. Otra pregunta en lugar de la primera:

¿Dónde está el campamento de tu jefe?

Nada salió de la boca del reo, ni siquiera la blasfemia que quiso injuriar. Un rayo fue el golpe que le quebró el antebrazo y que como única respuesta recibió el crujir de los dientes que se incrustaban unos contra otros con sonido de cerraduras oxidadas. Me limito de seguir narrando el horror que me causó el brazo maltrecho, la cabeza borboteando coágulos oscuros, los ojos desorbitados y los hilos de vida que se escurrían desde las encías.

El silencio como toda respuesta a sus preguntas, que se sucedían, hizo perder la paciencia al militar robusto que ya había secado varias veces el sudor de su adiposa cara.

Puesto que tú mismo insistes en condenarte maldito negro; así sea. ¡Capitán! rugió , prepare un pelotón de fusilamiento.

La orden respondía a una fórmula que dictaba el manual, típica en la paz; pero que todos sabían que no iba a ser tan formal la ejecución. Complacido, el capitán de infantería mecanizada hizo llamar al jefe de la primera escuadra de su compañía, el sargento instructor Juan Morales, el latino, el del padre fallecido cuando hacía las veces de mercenario del otro lado del océano.

Ha oído usted la orden proferida por el coronel Scott. Tome dos de sus hombres y lleve al prisionero a las Fosas de los Muertos y péguele usted dos tiros en la sien… ¡Ah!... quiero ver guindando la cabeza del maldito negro del palo mayor de la empalizada de las Fosas.

Nadie puede en esta fecha asegurar que vio colgada, en efecto, la cabeza azabache del titán; pero esto es justificable: en la zona pululaban las aves de rapiña en espera de saciar su gula con las ejecuciones diarias que tenían lugar en las bien nombradas «Fosas de los Muertos».

Así murió nuestro héroe, sin la gloria inmortal de haber caído en combate, digno en su silencio y con las fauces probablemente picoteadas por toda suerte de avetustas infernales.

Armín Alfonso Soler

La Habana, enero 10 de 2004